La importancia del tono de voz

Hoy os voy a hablar de eso, de lo importante que es el tono de voz en el que hablamos a los niños y a todos en general, pero en este caso hablaremos de los más pequeños. Los niños al inicio de su vida sólo comprenden y responden al tono en el que nos dirigimos a ellos. Un bebé no es capaz de comprender el mensaje que le damos sino el tono en el que se lo decimos. Gracias a la expresión facial y corporal va comprendiendo ese mensaje unido al tono. Por todo ello debemos pensar en la importancia de esto a la hora de dirigirnos a nuestros pequeños. Si un niño está calmado y el tono que empleamos al tratar con el es melódico y alegre, unido a nuestra sonrisa o nuestro gesto, el bebé tomará ese acto como positivo y responderá con una sonrisa, con su atención, dará respuesta con vocalizaciones, etc. Si un niño está enfadado, enrabietado o llorando y, empleamos un tono alto, nervioso y repetitivo, tan sólo conseguiremos más ansiedad y descontrol de la situación. Si por lo contrario actuamos guardando silencio ante tal situación o hablando a nuestro bebé susurrándole o casi sin hacer sonido, acabará calmándose antes y tranquilizándose, ya que el adulto estará controlando la situación con un tono de calma y paz. En todo diálogo entre personas sucede del mismo modo aplicado a cualquier edad. Si al discutir con un adulto, uno de ellos guarda más calma y mantiene un tono de voz bajo y tranquilo, la situación tenderá a relajarse antes que si ambos están descontrolados y con un tono de voz agitado. Os animo a probar como cuando un bebé llora si se le susurra al oído, acaba calmándose mucho más rápido que al cantarle alto o pedirle en voz alta que se calme. A veces el silencio es la mejor intervención y la mayor herramienta de respeto hacia el otro. Mantenerse en silencio y esperar a que el otro nos llame es igual o más importante que hablar a nuestro bebé. Estar en silencio y escuchar al otro es algo que debe aprenderse y debe ser enseñado. Es tan importante saber hablar y contar como saber escuchar. Un abrazo!

LOS LÍMITES

Siempre tendemos a hablar de los límites como algo que emplearemos en el futuro, cuando nuestro bebé crezca y estemos todos preparados para ello.
Lo más lógico es realizar un proceso progresivo, como en todas las ideas que tenemos y decidimos llevar a cabo.
El consenso entre los padres, estar de acuerdo con la educación que vamos a darle a nuestro hijo, es lo más importante ante la toma de decisiones y puesta en marcha.
El bebé desde muy pequeño comienza a conocer y «evaluar» qué es lo que puede realizar con cada persona que conoce, cómo reaccionan a su llanto, su sonrisa, sus estrategias sociales y relacionales. Ante sus estrategias recibe reacciones de los adultos que le rodean y va repitiéndolas si le son funcionales.
Esto es un proceso largo de repetición, donde hay una respuesta ante una acción, y va memorizándola y repitiéndola según le sea o no funcional.
El bebé comienza a llorar desde que nace y al recibir respuesta le sirve como herramienta de comunicación con el entorno. Si el bebé no recibiera nunca respuesta ante el llanto dejaría de llorar, ya que no estaría siéndole funcional.
Por ello mismo repite este patrón tan primitivo para el resto de conductas que va adquiriendo.
Los límites comienzan a ser trabajados a partir de los seis meses. Cuando el bebé empieza a relacionarse más con su entorno, a sonreír ante conductas positivas, a llorar ante la separación, etc.
Desde ese momento se debe emplear el «no» dentro del vocabulario y la relación con el bebé, en momentos puntuales, igual que nos dirigimos a él a través del lenguaje y le explicamos otras cosas aunque sepamos que no nos comprende, pero ya va viendo diferentes entonaciones por parte del adulto, expresiones faciales, respuestas ante conductas, que le irán anteponiendo al proceso que poco a poco estamos enseñando a nuestro hijo.
(El lenguaje verbal y no verbal es esencial para la adquisioción del mismo. A un bebé no se le habla y explican las cosas para que las comprenda, sino para que vaya escuchando la entonación de su idioma materno, vaya adquiriendo más sonidos y finalmente forme el lenguaje.)
De este modo, cuando pongamos límites firmes a partir del año de edad, por ejemplo cuando no queramos que el bebé se meta algo en la boca, toque algo peligroso, etc., comprenderá nuestro tono de voz, la expresión facial, y la situación en la que se encuentra, y evitaremos que sonría y se ría ante esta situación, nueva y desconocida, que suele ser muy común, o desafíe las normas que tratemos de ponerle.
La paciencia es arma esencial ante esta toma de decisiones. Este proceso es largo y será esencial trabajarlo y retomarlo durante toda la infancia, niñez y adolescencia de nuestros hijos.
La base de todo aprendizaje debe ser muy bien afianzada y trabajada para ser firme y sostenerse ante los continuos vaivenes de la vida.

Objeto transicional

¡Qué importantes son los juguetes de nuestra infancia! Todos tenemos recuerdos felices junto a algún juguete u objeto que nos encantaba y con el que pasamos muchos años.

Estos eran nuestros juguetes preferidos, pero quizás tengamos más apego hacia uno de ellos o sintamos más cariño cuando recordamos uno en concreto.

Hay objetos que marcan nuestro recuerdo y nos hacían vivir más seguros y tranquilos siempre que estuviéramos junto a ellos.
Estoy hablando del objeto transicional.

Éste hace referencia a un objeto material en el cual el niño deposita apego, y tiene funciones psicológicas importantes, ya que suple ciertas funciones de apego, de la mamá o el papá, cuando están ausentes, constituyendo una fuente de placer, calma y de seguridad para el niño.

El objeto puede ser cualquier peluche, mantita, juguete u objeto variado que al bebé le guste y llame su atención y le ofrezca un sentimiento especial, le guste su textura o color, le de calor, etc.

Pero su importancia está no tanto en el objeto en sí, sino en el uso que el bebé le da.
Pronto observamos que al recién nacido le gusta chupar o morder los puños o los dedos, pero, pasados unos meses, muchos bebés encuentran satisfacción en jugar con un peluche u otro objeto, generalmente ofrecido por su entorno más cercano, que se convertirá en especial. Este objeto llega a ser casi imprescindible para el bebé en el momento de dormir o al tener una rabieta o enfado. Así podemos observar que con éste encuentra calma y seguridad.

El objeto transicional empieza en la infancia más temprana, hacia los 6 meses y persiste a veces toda la niñez, necesitándolo de forma puntual o constante dependiendo del caso.

La existencia de un objeto transicional demuestra la capacidad del niño para reconocer un objeto externo a él, creando e imaginando una relación afectuosa con dicho objeto. Porque el bebé ama, juega y deposita afecto en este, tiene un efecto tranquilizador y es casi una parte inseparable de él, facilitándole la calma necesaria para conciliar el sueño o salir de una rabieta. Aunque llegue a romperlo, no debemos cambiarlo, a menos que el propio bebé elija otro.

En un niño sano, en pocos años, irá perdiendo significado según se van desarrollando progresivamente otros intereses. Lo transicional, pues, no es el objeto, sino la transición del bebé, de un estado en que se encuentra fusionado a la madre a otro más maduro, en el que se relaciona con ella como otra persona, separado de ella.

Lo más importante del objeto transicional es su simbolismo: representa el paso necesario de lo subjetivo a lo objetivo, durante una etapa del desarrollo en el que la madre o figura materna, si se adapta adecuadamente a las necesidades del hijo, permitirá que desarrolle esa zona intermedia entre realidad interna y externa, muy importante para el bebé.

La madre o figura materna es necesaria para que el niño pueda pasar de la ilusión y la dependencia absoluta de ella, a la realidad. Debe ir disminuyendo atenciones poco a poco, en función de la creciente capacidad del niño para surgir como individuo. Pero es imprescindible que, previamente, le haya ofrecido suficientes oportunidades de crear esa zona intermedia entre el niño y el mundo, a través de una adecuada crianza y una continuidad entre ambiente emocional y determinados elementos del medio físico como el objeto transicional, que, en aquellos niños que los tienen, son una ayuda para adaptarse a las pequeñas experiencias de frustración.

En muchos casos el chupete se convierte en objeto transicional. Por eso es muy importante ofrecer otros objetos a la hora de calmar a nuestro pequeño desde la edad más temprana, ya que el chupete debe retirarse al tiempo y no puede permanecer junto al niño hasta que él decida, sino cuando creamos conveniente o nos sea aconsejado.

En la actualidad venden unas mantitas llamadas «dou dou» que están indicadas para calmar al bebé y darle seguridad cuando la mamá no está. Son unas mantas con peluche añadido, que sirven como muñeco y a su vez la manta puede impregnarse con el perfume de la mamá y así dejarla junto al bebé cuando no estemos con él, para que pueda oler a su madre aunque no esté junto a ésta. De este modo, el bebé se sentirá cercano a ella y podrá calmarse poco a poco sin necesitar siempre su presencia para ello.dou dou

Puedes encontrar los dou-dou en muchas tiendas de juguetes o infancia y aquí te dejo algunos de ellos para que puedas ver más sobre ellos.

Y tu, ¿tuviste un objeto transicional? ¿Aún lo conservas? ¿Tus hijos o hijas lo tienen?

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