Respetar el contacto

Que importante es para el adulto complacer sus necesidades sin darse cuenta de cuáles son las del niño.
Cuando un bebé nace y tiene tan solo horas recibe muchas visitas de familiares y amigos de la familia. Hay algunos más cercanos y otros que acuden por compromiso. Ahí cada uno debe medir la cantidad de gente que quiere que acuda al hospital y quiénes deben ir allí o a casa cuando ya hayan pasado unos días, dependiendo del grado de cercanía y la relación.
En casi todos los casos hay gente que tiene la necesidad de coger al niño sin pensar en cuáles son las necesidades reales del bebé y de la mamá.
Es difícil poner límites a aquellos que se lanzan a coger al peque pero es importante dejar claro cuáles son las necesidades del recién nacido en este momento tan importante.
A veces hay que ser claros y explicar que no es momento de complacer a los adultos sino al recién llegado al mundo.
Lo mismo va sucediendo según éste va creciendo. Son muchos los que piden coger, besar, abrazar al niño en los encuentros. Está claro que es importante medir quiénes son los que lo demandan, ya que abuelos, tíos o amigos muy cercanos tienen ganas de demostrar el afecto al niño de este modo y sienten gran ilusión por besar y tocar al bebé, como es lógico y comprensible.
Otros sin tanta cercanía tienen su propia necesidad y no respetan la del niño. Y esto incomoda mucho al peque ya que se enfada, extraña y se ve separado de su madre sin comprender nada de lo que está pasando.
Pedir permiso al niño a través de la lectura de las señales que nos emite a la hora de acercarnos a él es lo que mejor nos va a aclarar cuál es el momento adecuado para este contacto.
Respetar cada momento del niño y de la mamá es esencial para elegir el momento correcto para ofrecer cariño al bebé, ya que a la hora de mamar no es adecuado acariciar o besar a un niño que no es el nuestro, por ejemplo. Simplemente siguiendo normas básicas y siendo cautelosos aprenderemos a respetar los tiempos del niño y a conocer cuál es el momento para cada cosa.

Capacidad de elección

Siempre escuchamos hablar de las rutinas, la necesidad de organización, de escogerlo todo y dárselo por hecho al niño para que no se descoloque y no tenga opción de pensar algo diferente a lo propuesto por el adulto… Y yo me planteo si esto es lo mejor para todos y si es necesario para la educación de un niño, ya que la espontaneidad, la improvisación y la capacidad de elección por parte del niño, quedan en un segundo plano o llegan a ser incluso inexistentes.
¿Es esto lo que queremos? ¿Así vamos a enseñar a nuestros hijos a decidir lo que es lo mejor para ellos? ¿Están obedeciendo o aprendiendo a escoger por sí mismos? ¿Qué queremos enseñarles con todo esto?
Yo creo que hay ciertas pautas, normas u horarios que deben seguirse y establecerse por los adultos, ya que los niños no son capaces de valorar lo adecuado o inadecuado para ellos a su temprana edad. Pero también hay ciertos aspectos que debemos dar a escoger, solicitar opinión, fomentar su elección propia para propiciar un crecimiento intelectual y madurativo.
Al inicio podemos proponer una selección previa cerrada para que escojan entre esta, es decir, en casos cotidianos podemos dejarles escoger según su criterio cuando lo deseemos como, por ejemplo, ofreciéndoles cuatro camisetas y que elijan la que más les guste para vestirse. Lo mismo se puede hacer cuando llegue la hora de la merienda donde les podemos ofrecer bocadillo de diferentes cosas o frutas distintas, una selección que escojamos anteriormente y de ahí que ellos mismos seleccionen lo que más les guste. O a la hora del postre. Y también podemos hacerlo cuando llegue el momento de jugar, que escojan los juguetes que quieren para cada tarde, o con los que van a bañarse…
Si ofrecemos una selección previa muy amplia quizás no sepan qué deben hacer o cuáles son las decisiones adecuadas, pero con un filtro previo por parte del adulto donde tengan tres o cuatro opciones, aprenderán a escoger por sí mismos poco a poco.
De la mano del adulto les será sencillo y se irán sintiendo más seguros y capaces de realizar tareas por sí mismos.
Es esencial inculcar este tipo de aprendizajes a nuestros hijos o alumnos para que vayan haciéndose responsables de sus elecciones y actos, para que comprendan las consecuencias tras una elección, sean más responsables, autónomos y maduros pero siempre acompañados del adulto, de su referente y modelo.
Así observaremos que paulatinamente el pequeño es capaz de escoger lo correcto y lo que le gusta, sin necesidad de ayuda, generando su propia personalidad, sus gustos, formando su esencia y sin ser guiado para todo, sino con decisión propia y en definitiva, con capacidad de decisión, razonamiento y elección personal.

Respuesta al llanto

Hoy quiero hablaros sobre algo que se plantea en mi día a día, tanto a nivel profesional como personal.
Hay varias corrientes que hablan sobre cómo hacer que el niño deje de llorar y se calme solo, y explican que la mejor solución es ir dejando al niño cada día períodos de tiempo más largos cuando llore, es decir, si le dejamos en la cuna y llora, esperar el primer día unos minutos y luego ya acudir a su llamada e ir dejando cada vez más tiempo paulatinamente hasta que acabe calmándose un día por sí mismo.
Otras líneas van por el lado más extremista y hablan de dejar al niño llorar hasta que se calme por sí mismo sin acudir a su llamada, ya que esto hará que deje de llorar a los pocos días porque no recibe respuesta alguna al llanto.
Por último, comentar que hay otra vertiente que explica que el llanto del niño debe ser atendido cada vez que existe, ya que es su forma de comunicarse con el entorno y los niños no lloran porque sí, sino como llamada al adulto, para recibir cariño, contacto, alimento o calma.
Los niños no nacen teniendo las herramientas adecuadas para ser autosuficientes y necesitan de sus padres para calmarse, aprender a dormir, comer, sentir calor, sentirse limpios, etc.
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La primera corriente que os he comentado, es intermedia a mi manera de entender, ya que no consiste en no atender al llanto sino en ir dejando que el niño vaya aprendiendo a calmarse solo. En mi opinión no es la manera de hacerlo, ya que el peque deja de llorar porque no le atienden y se cansa, porque es pequeño y acaba durmiéndose a falta de atención.
El segundo método me parece inadecuado en todos los casos, ya que dejar llorar a un bebé para que aprenda desde que nace a no llorar, resulta egoísta por parte del adulto. Simplemente para que el pequeño no moleste, le dejamos berrear unos días y cuando sienta que su llanto no va a ser atendido bajo ninguna circunstancia, dejará de hacerlo. Pero es lógico, ¿quién seguiría llamando a alguien de mil formas si jamás es atendido? Imaginaros estar llamando a vuestra pareja: «Juan, Juan, cariño, Juan, ¡oye!, ¡Juaaaaaannnn!, ¡Juanitooooooo! ¿Me oyeeeesss? …» Si os pasa esto tres días seguidos o mucho menos tiempo, lógicamente pensaréis que estáis perdiendo el tiempo llamando a vuestra pareja, porque de ninguna manera os hace caso y parece que ni os escucha.
Lo mismo le sucede a los niños. Su herramienta primaria de comunicación es el llanto. Si no atendemos a las señales previas a éste ni al llanto en sí, deja de realizarlo porque no es útil ni funcional para comunicarse con su entorno.
Después de tantas teorías, cada uno debe escoger la suya propia y defenderla si está seguro de la decisión que toma.
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Lo que yo tengo claro es que la última teoría es la que yo escojo con los niños con los que realizo terapia y con mis propios hijos, ya que el llanto para mi es su modo de expresarme que algo no va bien, que no están cómodos, que tienen sueño, hambre o se sienten sucios o simplemente que necesitan cariño y estar en brazos.
Hay gente que denomina a esto consentir al niño, no ponerle límites y seguir las reglas que él decide. Yo, por el contrario, creo que es esencial atender a las demandas del bebé para que poco a poco sienta seguridad y confianza en sus padres y se vaya él solo separando de ellos sin imponerle ser maduro desde que nace.
Ningún mamífero deja llorar a sus crías para ver si así maduran antes y se hacen autónomas e independientes y dejan de molestar con el llanto lo antes posible.
Creo que como profesional yo escogí esta carrera y esta práctica y eso incluía sonrisas por parte de los niños y llantos que hay que atender. Sino podría haber escogido otra profesión.
Lo mismo me sucede pensando en la maternidad. Si pensé en ser madre y ahora lo soy, sabía que tendría que atender a mis hijos a cualquier hora y en cualquier circunstancia, y sería muy egoísta pensar que el sacrificio debe hacerlo el bebé en lugar del padre, porque yo no esté dispuesta a estar con el bebé a todas horas.
Es decir, para que yo no aprenda a calmar el llanto del bebé y no me moleste, debe molestarse el bebé y aprender él solito a calmarse con tan solo días. Muy lógico a mi no me parece y ¿vosotros que pensáis?

La importancia de la despedida

Ya sabemos que a ninguno le suele gustar despedirse de alguien al que quiere. En alguna ocasión ya he comentado algo sobre este tema pero hoy me gustaría profundizar más.

Cuando tenemos que despedirnos de nuestro bebé o nuestro niño o niña para ir a trabajar o para separarnos un rato por el motivo que sea, a veces se hace costoso, ya porque le cueste a los padres o porque el niño ya sea consciente de lo que esto supone y lo sufra y muestre o porque les cueste a ambos.

En muchas ocasiones las familias esperan a que los niños estén dormidos o despistados para dejarles con el cuidador, el familiar o en la guardería y así poder irse sin vivir esa experiencia de separación tan difícil y costosa. Desde mi conocimiento y experiencia profesional aconsejo que esto no se haga, ya que los niños en ese momento preciso no sufren por la despedida ya que no son conscientes de la separación que se está dando pero al despertarse o situarse estarán confusos, desorientados y sin saber dónde están sus padres, los que le dejaron durmiendo o jugando un rato.

Su sentimiento es el de angustia, miedo, engaño o enfado, y aunque no veamos lo que sienten, lo sufren igual pero no estamos con ellos para explicarles lo sucedido, darles consuelo y acompañar su emoción.temp Seguir leyendo

Quemando etapas

A diario en mi trabajo me enfrento a las dudas, a las situaciones y a los miedos de cada familia con la que trabajo. Me doy cuenta de que cada uno tiene su manera de ver a su hijo y de asimilar sus circunstancias.
Mi tarea es proponer unos objetivos a corto y/o a largo plazo e ir trabajándolos conjuntamente con el niño y la familia para alcanzarlos, o al menos intentarlo, en el tiempo que el pequeño vaya marcando.
A veces estos objetivos se consiguen rápidamente y se planifican otros nuevos de tal modo que vamos haciendo una programación del tratamiento individual y específica, sólo para ese niño.
Otras veces los objetivos son complicados de alcanzar para el peque y se proponen otros medios para trabajarlos o para potenciar otros nuevos que resulten más sencillos o de un área diferente.
Es decir, el trabajo de los profesionales de mi campo es continuo y varía según la evolución del tratamiento y de la respuesta directa del niño. Todo se puede modificar sobre la marcha y potenciar de un modo diferente al establecido al inicio.
Esto fomenta que los objetivos puedan alcanzarse más rápidamente, ya que no se insiste con métodos inadecuados para ese niño, sino que se modifican para ser más prácticos y efectivos para cada caso.
Según se van observando pequeños avances o incluso la consecución del objetivo pautado, las familias van marcándose sus propias expectativas, algo totalmente lógico y comprensible.
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Pero yo pienso ¿es una carrera sin meta?, ¿a dónde pensamos llegar?, ¿cuál es el objetivo final?, ¿alcanzaremos la satisfacción ante un objetivo logrado?
Mi sensación general ante la educación de un niño es que una vez alcanzado un objetivo en lugar de celebrarlo y estar muy satisfechos ante tal acontecimiento, proponemos de inmediato otro sin dar tiempo al festejo y la asimilación del anterior. Parece que a veces nunca es suficiente.
Desde que un bebé nace vamos marcándole objetivos: que se coja al pecho, que se calme al cogerle, que me mire, que coja una cosita, que se de la vuelta, que gatee, que camine, que hable, que … Y así hasta que un día el bebé tiene la misma estatura que nosotros y no nos hemos parado a disfrutar prácticamente de los logros, sino que nos hemos ido poniendo metas y más metas que nos hacen sentirnos como el eterno insatisfecho.
Es muy bueno marcarse metas y ser trabajador y exigente con uno mismo, pero siempre y cuando no perdamos de vista el lado emocional y la sensación real que debe estar viviendo el niño.
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A veces en mis reuniones con las familias les planteo algo que a mí misma me hace reflexionar mucho: «¿Qué recuerdas tu de tu infancia?» Y ante esta pregunta la respuesta siempre es parecida: «Me acuerdo cuando mis padres me llevaban a tal o cual sitio, cuando íbamos de viaje, jugar con mis amigos, etc.» En definitiva recordamos aquello que nos gustaba con mucho cariño y tratamos de borrar aquello que nos ha hecho daño o no nos gustaba tanto. Por eso mismo, ¿qué queremos que recuerden nuestros hijos? Yo pienso que querremos que recuerden lo orgullosos que estuvimos de ellos al alcanzar algo o simplemente al intentarlo, de lo que jugamos con ellos cada día, de lo que disfrutamos del parque o del paseo de fin de semana, de los ratos de lectura antes de dormir, de la seguridad que les dimos para intentar algo nuevo, del ánimo y la ayuda y, por supuesto, de la exigencia y perseverancia para alcanzar sus sueños agarrados siempre de nuestra mano.
Por todo ello, no quememos etapas, disfrutemos de cada una el tiempo que el niño nos marque. Cada uno es único y diferente y tiene un ritmo individual donde necesita pasar más o menos tiempo por cada una de ellas, pero este tiempo será establecido por ellos y por las necesidades que tengan y no porque deben llevar un ritmo por encima de sí mismos.
La vida es muy larga y cada etapa tiene una esencia única y maravillosa y más dentro de la Infancia.