Observación

Mi trabajo en Atención Temprana tiene muchos pasos y suelen darse despacio y con tiempo para que se afiance cada uno de ellos.
El primero de todos es la observación.
Para conocer a un niño hay que observarle y respetar su espacio, el que cada niño demande. Hay niños que necesitan más tiempo y otros que cogen confianza y se acercan antes al adulto.
Hay niños que prefieren empezar a experimentar solos y otros que necesitan de la compañía del adulto desde el primer momento.
Por ello, la observación es necesaria. Gracias a ella conocemos a cada pequeño. Ellos son los que nos muestran sus necesidades, gustos, maneras de actuar, modos de comprender y expresar, …
Hay sesiones que se basan esencialmente en eso. Observamos al niño con los juguetes y el material que le damos o le invitamos a coger. O incluso observamos qué es lo que hace sin ninguna pauta, cómo se desenvuelve con libertad.
Observamos cómo de forma maravillosa hace muchas cosas por sí mismo, sin necesidad de hacerlo con alguien o de ser guiado.
El silencio es imprescindible en muchos momentos de nuestro trabajo. En ocasiones esa calma, ese estado de tranquilidad y neutralidad es el que hace que el niño saque más de sí mismo y se exprese de forma pura, sin ninguna guía o modelo.
Es maravilloso observar cómo un niño se organiza, resuelve conflictos del día a día, da respuesta a los problemas que le surgen, sin ayuda de nadie, con sus herramientas.
Observar como un niño come, juega, intenta asearse, cierra o abre una caja, guarda, pinta, o cualquier otra acción, es sorprendente.
Es imprevisible saber lo que van a hacer y cómo lo van a hacer.
Casi siempre dan más de lo que esperamos y resuelven los conflictos de mejor modo al que pensábamos.
Por todo ello, la observación es imprescindible para conocer a los niños y respetarles, dejarles experimentar, favorecer su imaginación, potenciar la resolución de conflictos de forma autónoma.
Mediante la observación el niño se expresará con libertad, en esencia pura y, podremos observar claramente lo que es capaz de hacer.
Observad a vuestros hijos, a vuestros alumnos, a los niños que conozcáis y veréis lo maravilloso que es el ser humano desde que nace.

La empatía

La empatía es la capacidad de saber ponerse en el lugar del otro y entender los sentimientos de éste como si fueran los nuestros.
Este aspecto pertenece a la inteligencia emocional del ser humano y se desarrolla desde que somos muy pequeños y durante toda nuestra vida, ya que puede modificarse siempre que lo trabajemos y queramos.
Es esencial fomentarlo desde la infancia, enseñándole al niño cómo somos capaces de ponernos en su lugar y dar prioridad a sus sentimientos cuando él nos lo demanda.
De igual modo según crece, debemos explicarle esto mismo con ejemplos, ya que es un concepto difícil de explicar para un niño.
En mis sesiones de psicomotricidad empleo mucho este ejercicio:
Cuando un niño pega a otro, le empuja, le quita algo o hace algo que no es adecuado le pregunto «¿A ti te gustaría que te empujaran/quitaran el juguete/pegaran…?» Y el niño de para unos segundos, piensa y contesta normalmente «No». De este modo se pone en los zapatos del otro, se mete en la realidad que el otro niño está viviendo y reflexiona sobre lo que está haciendo y modifica su conducta.
Igualmente sucede para cuando tiene una rabieta. Si somos capaces de dar palabra a lo que siente, o creemos que siente y demostramos empatía con sus sentimientos, el pequeño comenzará a sentir que le comprenden y a saber expresarlo mejor.
El ejemplo es la mejor manera de enseñar algo a los niños.
La empatía es muy importante para saber convivir en la sociedad, ser un ser social, que se relaciona con los otros sin pensar sólo en sí mismo y sus sentimientos.
Realizando esas preguntas a los niños y a nosotros mismos seremos capaces de tener mayor empatía a la hora de estar con el resto y comprender al de enfrente.

Mamá mamífera

Son muchas las historias que me suceden cada día que me hacen pensar en la mamífera que llevo dentro, en mi yo interno más primario e irracional (o todo lo contrario). Mi yo mamífero.
Desde antes de ser madre, ya tenía cierto instinto de protección hacia los niños que trataba en sesión o veía con alguna dificultad o necesidad de ser protegidos y arropados.
Pero ahora que tengo a mi princesa me he dado cuenta de que es común y habitual ese sentimiento en mi hacia ella.
A veces se sitúa más calmado dentro de mi, como controlado, pero otras, salta y sale el Yo mamífero, donde defiendo a mi cría con dientes y uñas. Y es un instinto primario, donde no concibo ninguna explicación para dejarla llorar, por ejemplo.
En algunas ocasiones cuando veo a alguien que la coge, la hace cosas que no creo adecuadas o trata de criarla de otro modo distinto al mío, o incluso cuando tratan de ayudarme sin darse cuenta de que realmente me separan de ella, y eso no supone un descanso ni una ayuda para mi, ese Yo mamífero sale sin pensarlo, me pone en alerta aunque sepa que ella está en manos de quien la quiere y la protege, aunque esas personas no sean yo.
Pero eso es lo que hace ese vínculo afectivo tan fuerte, que me une a ella, protegiéndola  y uniéndola muy fuerte a mi, porque ella al desaparecer yo, aunque sea unos segundos, me busca con su mirada por el mismo sitio donde he desaparecido, y sus sentimientos reales no los se, pero la veo desconcertada, perdida, algo engañada y es donde me doy cuenta de que mi instinto animal me hace proteger a mi cría, unirme a ella y, si fuera un animal, un mamífero salvaje, la llevaría en mi espalda, agarrada como los orangutanes o en mi saco como un canguro o tras mis huellas como una osa.
Siempre hasta que ella decidiera dar el salto sola como cualquier animal.
Porque cuando me vuelve a ver tras la separación su sonrisa es enorme, eterna, de alegría y nerviosismo… La misma que la mía.
Pero a veces no es tan sencillo y es inevitable la separación y el «compartir» al bebé en el entorno de éste, con la familia y amigos, con gente más cercana, teniendo en cuenta las manías y costumbres del resto y los consejos que tratan de dar e imponer cuando uno no está o incluso cuando si lo está.
Y ya no es el entorno más cercano lo que asusta, sino la cantidad de gente que trata de cogerla, darla besos, tocarla las manos o su carita, ofrece cosas por juguete que no tienen tal función…
Y es que el Yo mamífero cumple su función de protección hacia la cría, y se une al resto de «Yos» que me forman y poseo, haciendo que sea solamente una parte de mi, necesaria y esencial a la hora de criar y proteger a la princesa.
Hoy comparto este sentimiento con todos, donde esta semana mi instinto animal está más activo que nunca, ya que me he reincorporado al trabajo tras la baja maternal y todos los sentimientos están más a flor de piel.

Respetar el contacto

Que importante es para el adulto complacer sus necesidades sin darse cuenta de cuáles son las del niño.
Cuando un bebé nace y tiene tan solo horas recibe muchas visitas de familiares y amigos de la familia. Hay algunos más cercanos y otros que acuden por compromiso. Ahí cada uno debe medir la cantidad de gente que quiere que acuda al hospital y quiénes deben ir allí o a casa cuando ya hayan pasado unos días, dependiendo del grado de cercanía y la relación.
En casi todos los casos hay gente que tiene la necesidad de coger al niño sin pensar en cuáles son las necesidades reales del bebé y de la mamá.
Es difícil poner límites a aquellos que se lanzan a coger al peque pero es importante dejar claro cuáles son las necesidades del recién nacido en este momento tan importante.
A veces hay que ser claros y explicar que no es momento de complacer a los adultos sino al recién llegado al mundo.
Lo mismo va sucediendo según éste va creciendo. Son muchos los que piden coger, besar, abrazar al niño en los encuentros. Está claro que es importante medir quiénes son los que lo demandan, ya que abuelos, tíos o amigos muy cercanos tienen ganas de demostrar el afecto al niño de este modo y sienten gran ilusión por besar y tocar al bebé, como es lógico y comprensible.
Otros sin tanta cercanía tienen su propia necesidad y no respetan la del niño. Y esto incomoda mucho al peque ya que se enfada, extraña y se ve separado de su madre sin comprender nada de lo que está pasando.
Pedir permiso al niño a través de la lectura de las señales que nos emite a la hora de acercarnos a él es lo que mejor nos va a aclarar cuál es el momento adecuado para este contacto.
Respetar cada momento del niño y de la mamá es esencial para elegir el momento correcto para ofrecer cariño al bebé, ya que a la hora de mamar no es adecuado acariciar o besar a un niño que no es el nuestro, por ejemplo. Simplemente siguiendo normas básicas y siendo cautelosos aprenderemos a respetar los tiempos del niño y a conocer cuál es el momento para cada cosa.

Elección

A la hora de buscar a alguien para que se ocupe de algún aspecto de nuestros hijos buscamos a un verdadero profesional, con vocación, dedicación y además cariñoso y que haga sentir a nuestro peque y a nosotros a gusto.
Esto se convierte a veces en una difícil tarea, ya que el niño se mueve por diferentes entornos y no es sencillo acertar en todas las parcelas que se va a desenvolver.
Lo primero suele ser buscar un buen pediatra, que nos hable con claridad, tenga empatía y paciencia y sea cariñoso con nuestros hijos y buen profesional.
Yo no pido que me den la razón o me dediquen mucho tiempo, simplemente que les guste su profesión y así lo demuestren.
Me parece esencial estar contento con el pediatra ya que es un sitio donde tendrás que acudir si tu hijo está malito o le ha pasado algo y, en esos momentos, no puedes estar a la defensiva porque el pediatra no sea de tu agrado.
A mi particularmente me gustan los profesionales empáticos, que no me juzguen sino que me ayuden y den consejo, que entiendan lo que les comento y no regañen, sino que apoyen.
En segundo lugar y no menos importante es necesario escoger un buen centro infantil para nuestro hijo, si hemos decidido que acudirá a uno de ellos unas horas al día.
En mi opinión deben ser centros que respeten las necesidades del niño, que den flexibilidad en el horario, que permitan la entrada libre de los padres en el proceso de adaptación y si el niño pasa una etapa rara o con otras necesidades.
Para mi es esencial que respeten los tiempos y horarios del peque, dejándole dormir cuando lo necesite, fomentando esencialmente el juego y respetando cada etapa del niño. Ya habrá tiempo para comenzar con conceptos como los colores, los números o el inglés más adelante.
Me parece ilógico tener a niños de un año sentados en corro repitiendo lo que dice el adulto para así aprender nuevo vocabulario. El juego ofrece eso y mucho más y aporta todo lo necesario a un niño.
Cada uno tiene sus ideales y su forma de ver la crianza de sus hijos y cómo quiere llevarla a cabo, por eso cada uno debe buscar lo que para sí mismo le de seguridad y tranquilidad a la hora de que estén con sus hijos.
¿Cuál es vuestra opinión?