Premio o castigo

Siempre hablando desde mi conocimiento y mi experiencia profesional, el castigo y el premio son tema de debate entre profesionales, familiares y otras personas que rodean a la población infantil desde siempre.

Hay opiniones y fundamentos sobre ambas ideas y yo hoy quiero expresaros mi teoría.

Desde que empecé a ejercer mi profesión no tuve duda de que el castigo no podía entrar en mi línea de trabajo, ya que no era algo que congeniara conmigo. En experiencias anteriores, a lo largo de algunas prácticas en la carrera y en el máster había observado que los niños que estaban castigados eran siempre los mismos, nunca cambiaban. Permanecían castigados de septiembre a junio, con mejores o peores rachas, pero siempre volvían a estarlo. Lo mismo pasaba con mis compañeros de colegio cuando era pequeña.
Esto te hace plantearte, si el castigo lleva existiendo desde siempre y las repercusiones positivas son mínimas, ¿sirve de algo el castigo? ¿les está enseñando algo a estos niños? ¿aprenden de sus errores y no los repiten? ¿comprenden qué han hecho mal? Mi respuesta a todas estas preguntas es No.
Los niños no sacan conclusiones de esto, simplemente saben que se les llama la atención y se les deja solos o separados del grupo como método de castigo.
También depende del castigo del que se trate. Hay niños que reciben una torta o un azote a la hora de hacer algo prohibido por los adultos y ¿por qué dejan de hacerlo? Mucha gente argumenta que dejan de hacerlo porque entienden que no deben, porque los niños no son capaces de razonar ni dialogar y lo único que comprenden es el azote y es a lo que reaccionan (como animales, añado yo). También argumentan que un azote a tiempo evita muchas rabietas ya que el niño no llega a ese estado.
Yo no voy a entrar en el tema de las rabietas o de por qué se genera el castigo, pero en todos los casos, creo que el niño que recibe algún azote deja de hacer lo que le prohíben por miedo a recibir otro azote, no porque haya comprendido que no se hace. Es decir, el niño tiene miedo a la repercusión, no es que comprenda lo que está mal, sino que por miedo no actúa, no es respeto como muchos argumentan, es miedo.
Y aquí entraré en debate con muchos que sí defienden esa teoría del azote a tiempo, pero sólo doy mi opinión desde mi experiencia y soy muy rotunda con este tema.
También añado que he tenido muchos casos de padres que se quejan de que sus hijos de dos, tres o cuatro años les pegan o pegan a otros niños en el colegio y les han llamado la atención. Pero, ¿si un niño aprende que pegando se consigue «dominar» al de enfrente, por qué no lo va a emplear él?. Para un niño sus padres son el referente, si ellos lo hacen, él lo imita e integra en su día a día. Aunque parezca exagerado, los niños lo hacen de este modo. El niño que habitualmente recibe un azote, aunque éste no le haga daño porque sea en el pañal (algo que también argumentan muchos padres), lo empleará para conseguir que su igual le dé un juguete o lo que se proponga en ese momento. ¿Y qué conseguirá nuestro hijo? Que el resto de niños no quieran estar a su lado porque pega, muerde o consigue todo a golpes. El niño no mide la fuerza con que da como hace el padre, simplemente actúa de la forma más primaria y encima es algo sencillo para él, porque pegar no le supone tanto esfuerzo como aprender a comunicarse para pedir algo.
Tras toda esta argumentación, yo lo tengo muy claro, prefiero premiar la conducta. Y cuando hablo de premiar no digo de comprarle algo al niño cuando hace una cosa bien u obedece, hablo de premiar con atención, con la palabra, con tiempo de juego en familia, con un paseo por el parque, con cosas no necesariamente materiales, más bien con amor y buena educación.
Podemos felicitar a nuestro hijo por lo bien que está haciendo algo, podemos anticiparle ante situaciones que sabemos que no le gustan o le ponen nervioso, podemos negociar con él algo que no le guste a cambio de una recompensa…
Os propongo que veáis estos Ejemplos:
1- Si tu hijo o alumno tiene una rabieta puedes coger aire, permanecer junto a él y explicarle que eso no está bien, que sabes que está enfadado pero que debe pedirlo de otro modo. Es muy importante que el adulto ponga nombre a lo que el niño está pasando, que le ayude a verbalizar lo que le sucede, porque lo niños expresan su angustia, rabia y enfado a través de las rabietas, ya que no tienen suficiente capacidad en lenguaje expresivo para comunicarse. No se trata de darle un discurso de razonamiento extenso, sino de explicarle que sabemos que está enfadado pero que no lo está pidiendo adecuadamente, que mamá o papá o el profesor le harán caso cuando se tranquilice. El niño puede tardar un rato en reaccionar a esto, pero seguiremos explicándole que estamos con él pero que no lo está haciendo bien o que eso no lo puede tener porque es para mayores o lo que en ese momento haya sucedido.
2- Si el niño va a realizar algo que sabemos que le cuesta, que suele negarse a hacerlo, que no le gusta, podemos tratar de pintárselo de otra forma diferente a la de siempre y podemos también negociar con él.
Ahora vamos a hacer «esto que no te gusta» pero cuando termines vamos a hacer «esto que sí te gusta».
3- También podemos negociar diciéndole que le ayudamos a hacer lo que no le gusta. Que jugaremos un rato con él si termina lo que le hemos pedido o si se comporta adecuadamente.
4- Ante una mala conducta del niño, debemos expresar nuestro enfado o tristeza al pequeño pero no pegando, sino haciéndole ver las consecuencias de la mala conducta. Si él tira todo por la habitación cuando está enfadado, deberá recogerlo cuando se le pase, nunca lo harán los padres o el profesor solos, él siempre debe ver la consecuencia de sus actos. Si pega, deberá ir a pedir perdón y le explicaremos por qué pide perdón (porque a Pepito le has hecho daño y ¿A tí te gustaría que te pegaran (o te quitaran las cosas o lo que haya sucedido)?).
Los niños son capaces de reaccionar y cambiar antes su conducta al ponerse en el papel del otro y al recibir consecuencias sobre sus actos, algo que el castigo no hace, ya que no implica razonamiento.
Espero que con estos argumentos cada uno pueda reflexionar sobre el tipo de educación que quiere dar a sus hijos o potenciar con sus alumnos.
Del mismo modo cualquier aportación o línea de debate está totalmente aceptada.

¿Por qué elegí Magisterio en Educación Especial? ¿Por qué el mundo dela discapacidad?

Estas preguntas me las han hecho muchísimas veces desde que tomé esta decisión hace ya diez años.
En un principio pensé en estudiar Magisterio en Infantil pero no terminaba de convencerme o completarme, sentía que no era una buena elección para mi.
Después de pensar mucho y meditar los pros y los contras de escoger esta formación, pensé que sería lo que más me llenaría como persona y me haría sentirme útil y valorada profesionalmente.
Para mi hasta ese momento la educación especial no me había tocado desde cerca, no conocía ningún caso directamente ni había colaborado con asociaciones u otras organizaciones.
Pensaba en el futuro y me veía trabajando con niños con discapacidad y me parecía algo apetecible y gratificante.
La carrera no me pareció complicada. Las asignaturas eran sencillas de estudiar y las clases eran reducidas, lo cual facilitaba el aprendizaje y la consulta a los profesores.
Más tarde fui haciendo prácticas en diferentes centros de educación especial e integración y me fui dando cuenta de que dentro de la discapacidad, mi vocación iba más enfocada a los niños de entre 0 y 12 años.
Por eso, al acabar la carrera, decidí seguir formándome y estudiar un Máster en Atención Temprana e Intervención Psicomotriz. Este Máster me especializaría en población con discapacidad o con riesgo de padecerla de entre 0 y 6 años.
Allí también hice prácticas y pude observar que sí que había escogido correctamente aquello que quería para mi futuro.
El camino fue sencillo en cuanto a la formación en la carrera, ya que al gustarme era más fácil de aprender y, también he de decir que había asignaturas con poco contenido, es decir, mucha información era de lógica o sentido común y no específica.
Una vez terminadas la carrera y el máster encontré trabajo a los pocos meses y aquí es donde empezó mi verdadero contacto con el mundo de la discapacidad. Hasta ahora sólo había realizado prácticas y no tenía la impresión de ser verdadera responsable de los niños que trataba, pero aquí la cosa cambiaba.
Es en este momento donde pude darme cuenta de que echaba en falta más formación específica sobre discapacidad y más casos prácticos y no tanta formación teórica.
Comencé en un Centro de atención temprana de la Comunidad de Madrid como estimuladora y psicomotricista de niños de 0 a 6 años. Aquí pude confirmar que mi vocación real era esta. Las sesiones eran individuales. El trabajo con los niños y sus familias fue muy difícil al inicio, ya que todo era nuevo para mi y debía aprender rápido a detectar y tratar las dificultades de cada caso.
Gracias a mis compañeras y a su paciencia, pude aprender muchas cosas en poco tiempo que iría mejorando hasta el momento actual ( y aún quedan por mejorar).
Es en la práctica donde realmente se aprende una profesión y se valora la vocación personal de cada uno.
Gracias a cada niño y a cada caso vas aprendiendo a elaborar material, actividades, transformar juegos y sesiones, adaptar cada ejercicio, a tener imaginación, etc.
Esta profesión necesita de un continuo reinventarse por parte del terapeuta para no caer en la monotonía, el cansancio o la desesperación, ya que en algunas ocasiones hay que potenciar un objetivo durante mucho tiempo seguido hasta que se alcanza o se cambia a otro nuevo.
Por todo esto y por mucho más, elegí Educación Especial, porque sentía que yo tenía que cambiar mi trocito de mundo a mi manera, y que tenía que ayudar con mi trabajo a otros que pudieran aprovechar mi formación y mis ganas.
Desde pequeña estaba cansada de sufrir y ver injusticias ante la diferencia y quería colaborar de alguna manera en cambiar eso y ayudar a quien pudiera con lo que yo hubiera aprendido o tuviera a mi alcance.
Hoy estoy muy orgullosa de tener todo esto a mis espaldas y de poder echar la vista atrás y sentirme satisfecha con mi trabajo y mi dedicación. Estoy orgullosa de poder decir que me encanta esta profesión y que siempre va a formar parte de mi allá donde el destino me lleve.
¡Feliz fin de semana!

EL VÍNCULO AFECTIVO: PEDIR AYUDA

A lo largo de mi experiencia me he dado cuenta de que hay aprendizajes básicos que se trabajan con cada uno de los niños que recorren mis sesiones por muy diferentes que sean los peques.
Es muy importante trabajar el vínculo afectivo nada más conocer a un niño, ya que nuestro trabajo juntos durará un tiempo, más o menos largo y, es fundamental que esté cómodo y se sienta a gusto para sacar lo mejor de sí mismo en cada sesión.
Este vínculo se favorece poco a poco, desde el entendimiento, la comprensión, el respeto tanto físicamente como psíquicamente. Le debemos dar su tiempo y espacio para que se muestre más o menos cercano, que tenga confianza y se desenvuelva en el entorno de trabajo y juego.
Hay niños que necesitan jugar con el adulto constantemente dentro de las sesiones y otros que prefieren cuidar su espacio aunque compartan parte con el terapeuta.
Hay pequeños que necesitan más contacto físico y expresar más sus sentimientos y otros, en cambio, no necesitan dar ni recibir muestras de cariño constantes.
Hay que respetar el espacio de cada uno y no invadirlo, y también es importante pedir las muestras de cariño y no exigirlas (aunque de esto podemos hablar otro día).
Otro concepto básico de la tarea de estimuladora en atención temprana es enseñar a los niños a pedir ayuda cuando la necesiten, sin anticiparnos a sus necesidades, dejándoles probar y que se equivoquen antes de ofrecerles ayuda para algo que igual sí son capaces de hacer por sí mismos, sorprendiéndonos y sorprendiéndose.
Para enseñar a pedir ayuda, debemos predicar con el ejemplo, siendo humildes y demandándola nosotros cuando también la necesitemos. Un niño comprende mejor con un ejemplo cotidiano que con palabras y sermones repetitivos.
En el caso de la atención temprana, son muchos los niños que reciben tratamiento y necesitan ayuda para realizar tareas cotidianas y es esencial enseñarles a pedirla, para que puedan realizar acciones habituales o puedan desenvolverse en el entorno.
Por todo ello, para explicarle a un niño cómo debe pedir ayuda, podemos pedírsela a él cuando «no sepamos hacer algo», cuando necesitemos coger algo que él alcance, para que nos eche una mano con acciones que él sí puede realizar solo.
También podemos verbalizar la palabra «ayuda» cuando creamos que el niño está ante una situación costosa o difícil y no está pidiendo ayuda. En lugar de regañarle porque no pide ayuda o explicarle nada, sólo diremos «ayuda» para que lo oiga y lo emplee si lo cree necesario.
De ahí la importancia del vínculo afectivo seguro del que al comienzo hablaba. Si un pequeño está en un ambiente de confianza, tranquilidad, afectividad y respeto, le será más sencillo demandar lo que necesita sin miedo a fracasar o a equivocarse, sino sintiéndose seguro de sus intentos y consiguiendo cada vez más logros.
– Postdata: Si vosotros también necesitáis ayuda para educar, cuidar o criar a vuestros hijos o para enseñar, estimular a vuestros alumnos o niños de terapia, pedidla y enriqueceos de lo que el resto del mundo os pueda aportar, Yo la primera.

Encasillar a los niños

Desde que un niño nace se muestra con un carácter y un comportamiento que es propio y conforma su personalidad.

Esto va unido a sus rasgos físicos y a su aspecto, incluso a sus peculiaridades o a su vestimenta.
Las personas tendemos a quedarnos con un aspecto que llame nuestra atención o que se repita en el tiempo y con ello creamos nuestra idea de cómo es el de enfrente. De ahí a los repetidos comentarios: «las apariencias engañan» o «la primera impresión es la que cuenta». Está claro que la primera impresión cuenta y cuesta ser cambiada por todos, pero si encima una persona repite un comportamiento durante varios días o tiende a ser de una forma continuada, el encasillamiento es casi inevitable.
También hay que destacar que este hecho suele producirse cuando se trata de una característica negativa sobre el otro. Casi nadie trata de llamar al otro por un apelativo positivo y, es raro el que se molesta o se siente atacado por ser el guapo, el inteligente, el de los ojos bonitos, etc.
Pondré un ejemplo:
¿Y qué sucede cuando a un niño le repiten lo malo que es? Pues que al principio no le gusta, con el tiempo va encasillándose en este papel y aunque haga alguna travesura habitual para su edad, se percibe como mala porque es «el malo» y quiera o no va a seguir siéndolo. A los niños a los que sólo llaman la atención cuando realizan comportamientos inadecuados, acaban repitiéndolos simplemente por el hecho de ser nombrados, de percibir atención, de tener un ratito de protagonismo. Este tipo de niños no suelen recibir un halago por realizar algo bien, porque vienen con la etiqueta de fábrica, de malos. El entorno está pendiente de que hagan algo para llamarles la atención. Y no tienen la misma oportunidad de dejarse conocer, de modificar la conducta o de recibir simplemente la misma cantidad de paciencia hacia ellos por parte de los demás.
Pero ¿cómo nos sentiríamos en el papel de malo? Pues está claro que si constantemente nos dijeran eso, la rabia y la frustración estarían presentes continuamente y eso provocaría que no supiéramos encauzar nuestro comportamiento hacia uno positivo y nos sintiéramos con rabia y enfado.
Por eso mismo, si la forma de mirar al niño cambia por parte de todos y, le damos más oportunidades, ofreciéndole un ejemplo de cómo hacer bien algo, alabando su buen hacer, su buen comportamiento, siendo más pacientes, etc… El niño recibirá una atención ante un comportamiento positivo y no sólo hacia el malo.
Este cambio es fundamental para que cambie el pequeño. No sólo está en su mano, que no tiene apenas herramientas debido a su corta edad, sino que está en manos de todo su entorno y de todos, porque ¿quién no conoce un caso semejante a este?
Felices vacaciones y feliz reflexión!

La llegada de un nuevo miembro a la familia

La llegada de un nuevo miembro a la familia siempre cambia todo, modifica nuestras rutinas y hace que tengamos que adaptarnos poco a poco, tanto la familia que ya estaba integrada como el nuevo miembro que llega.
Para un niño que siempre ha estado solo junto a sus padres, que ha sido hijo único hasta el momento, el cambio es muy grande y debemos hacer que lo viva como algo natural y como un momento de alegría, no como si de una pérdida de protagonismo se tratara.
Para ello debemos anticiparle desde el momento que elijamos en el embarazo y sobre todo teniendo en cuenta la edad del niño y su capacidad de comprensión.
Es importante contarle desde una visión realista lo que va a ir sucediendo poco a poco. Es fundamental no agobiar al pequeño con el mismo tema a diario y tratar de no estar insistiéndole con esto de continuo.
En algunos casos en los que insiste mucho a los niños, acaban aborreciendo el tema, no queriendo hablar de ello y haciendo que no escuchan a los adultos cuando se menciona.
El niño paulatinamente irá tratando el tema cuando se sienta preparado o tenga más curiosidad o cuando vea más evidente lo que le están contando (ver crecer las tripa de mamá, oír a otros hablar del tema, comprar cosas para el bebé…). Debemos darle su tiempo para que asimile, ya que si es muy pequeño le costará comprender cómo mamá lleva un bebé dentro y, más aún, comprender que va a venir un bebé a casa de verdad.
Una forma de acercar al niño a la realidad sin atosigarle es haciéndole sentir parte protagonista de este cambio. Podemos hacerle colaborar con lo que pueda, ayudando a preparar el cuarto del bebé, pidiéndole opinión sobre el nombre, yendo a comprar algunas cosas para el bebé con él y que escoja dentro de unas posibilidades…
Al llegar el día del nacimiento, podemos tener preparado un regalo para él, que le explicaremos que se lo ha traído el bebé. Esto suele funcionar muy bien con los niños, ya que esos días sufren muchos cambios, notan la ausencia de sus padres en la noche, ya que están en el hospital, sienten que todos prestan más atención al bebé… No sólo con un regalo se sentirán más presentes, pero puede ayudar a que perciban a su hermano de manera más positiva.
Es muy importante que a partir de este momento le demos su tiempo para comprender y asimilar el cambio, sin agobiarle ni estar constantemente diciéndole cosas relacionadas con el nuevo bebé.
Podemos hacer que se sienta protagonista pidiéndole ayuda para cambiar al niño, que nos traiga el pañal, nos ayude a tirarlo, nos acompañe a tareas que el bebé no puede, como ir a las compra, ayudar en las cocina…
Y, sobre todo, darle un rato a cada hijo de manera individual, para hacer lo que él elija, que escoja lo que quiera y disfrute de papá y mamá de forma exclusiva.
En conclusión, la situación debe afrontarse con naturalidad y tranquilidad, pensando en disfrutar de cada momento y dándole a cada uno el espacio que se merece.