Valoro lo cotidiano

Desde que he estado relacionada con el mundo de la primera infancia, siempre he pensado que la lactancia materna sería la opción que yo escogería cuando tuviera hijos. 

Había oído que no era una elección fácil y que había que informarse antes de tomarla, como toda decisión.
Poco a poco en las clases de preparación al parto y comentando con amigas y conocidas fui dándome cuenta de que sería un camino poco sencillo pero muy gratificante.
El vínculo, la complicidad, la relación exclusiva entre ambas, las miradas, el contacto… Todo ello me hacía ser firme en mi decisión.
En el inicio nos costó mucho coger el truco, cada oportunidad era complicada pero gracias a la ayuda de expertos pudimos continuar con la opción escogida.
Algunos momentos fueron realmente complicados. Las trabas por parte del exterior surgían y la decisión firme que había tomado a veces se tambaleaba aunque finalmente pudo con todo.
Gracias a mi creencia en mí misma y a la de mi pareja pude realizar aquello que con tanta ilusión y empeño me había propuesto. 
Quizás por eso, supe valorar aún mucho más lo que estaba logrando. 
Cada ocasión en la que ella quiere comer y disfrutar de ese momento único juntas lo he valorado y apreciado como un regalo para las dos. 
Hace unos días ella ha escogido ir dejándolo sólo para la primera toma del día. 
Yo desde el inicio algo tenía claro, lactancia materna sí, pero siempre y cuando fuera disfrutada por ambas.
La alimentación debe ser un placer, y no una pelea o un sufrimiento para ninguna.
Una vez más, valoro lo cotidiano, lo que para otros quizás sea un hábito o algo del día a día, para mí es un regalo que ella aún quiera desayunar conmigo y regalarme la primera sonrisa cada mañana. ¡Qué mejor despertar!
Para mi que ella quiera seguir mamando en ese ratito es una alegría y una satisfacción.
De lo planeado a lo vivido hay mucho camino. 
Simplemente propongo: disfrutad de lo cotidiano, quizás para otros sea un regalo!

La importancia del vínculo afectivo

Al estudiar mi carrera fueron muchas las asignaturas que me hablaron del vínculo afectivo entre madre e hijo, y entre profesional y alumno y, cómo debía trabajarse sobre todo en este último campo para ser un buen profesional, cercano pero sabiendo mantener la distancia adecuada con cada caso.

En el máster que realicé, profundizaron mucho más en el tema. Nos hablaron sobre la importancia de vincularse de un modo sano con los niños a los que intervendríamos.
Nos explicaron que los niños conseguían más objetivos en un ambiente de seguridad, calma, afectividad, profesionalidad…Y sobre todo, que eran más felices si lo hacían de este modo. Y ante todo, mi propuesta como profesional siempre ha sido buscar el progreso respetando la Infancia y su felicidad. (Siempre digo, que en el futuro cuando uno mire hacia atrás le quedarán los recuerdos a nivel emocional, lo feliz o lo infeliz que fue, los momentos que sus padres le dedicaron para jugar, viajar, ir al parque, etc.).
Gracias a eso, aprendí poco a poco que mis intervenciones debían empezar siempre por ese punto. Había que favorecer primero el vínculo afectivo con el niño antes de trabajar otros objetivos.
Durante mi experiencia profesional mi forma de intervenir ha sido siempre esta. El vínculo es lo primero. Desde ahí parto para seguir un camino largo con cada niño, donde quizás estemos trabajando durante muchos años juntos y la base debe ser sólida como en toda relación entre personas.
Debido a que mi trabajo se basa fundamentalmente en el tratamiento a niños con dificultades y sus familias y entorno, muchas veces el vínculo de las familias con los pequeños es costoso de establecer, ya sea porque las expectativas marcadas no se han cumplido, porque es complicado enfrentarse a los problemas, porque todo nos ha pillado de imprevisto, cuesta enfrentarse con la realidad… Es lógico comprender que el vínculo deba trabajarse.
También considero que a la hora de tener un hijo a cualquiera le pueden sorprender este tipo de sentimientos, ya que poco a poco se debe ir conociendo al nuevo miembro de la familia, se deben adaptar todos al cambio, conocerse, cambiar hábitos y horarios, superar problemas tan cotidianos como la falta de horas de sueño, los imprevistos, problemas con la lactancia materna, etc.
Todos estos aspectos pueden hacer que necesitemos trabajar el vínculo con nuestros hijos poco a poco.
Os propongo algunas de las actividades que yo planteo dentro de mis sesiones a los padres con sus hijos:
1) Dedicar un tiempo exclusivo al niño al día, establecido como rutina, donde realicemos una actividad placentera para ambos.
2) Hablar mucho al pequeño, a todas horas aunque creamos que no nos atiende o no comprende lo que decimos.
3) Buscar su mirada y sonreírle, decirle palabras de cariño, buscar el contacto ocular, tan importante en las relaciones sociales.
4) Hacer un masaje tras el baño, dedicándole diez o quince minutos a esta actividad, por su tronco, extremidades, carita, manos, pies, etc. Hay centros de salud públicos de la Comunidad de Madrid donde enseñan incluso a realizarlo tras el parto de forma gratuita.
5) Tratar de establecer lactancia materna, ya que es un momento único con el pequeño y, sino dar el biberón exclusivamente la mamá o el papá, para fomentar ese momento especial, donde se establecen caricias, contacto ocular, oler a su mamá, gorgojeos…
6) Portear a tu bebé en un fular elástico o en una mochila ergonómica, dependiendo de su edad y tamaño, buscando la comodidad y postura adecuada del niño, y el contacto tan directo de éste con su madre.
7) Realizar juegos de interacción recíproca como las cosquillas, el cucu-tras, las pedorretas…
8) Bañarte con tu bebé y darle confianza haciéndole flotar entre tus brazos, mojándole poco a poco, realizando caricias…
Y otras muchas que se os irán ocurriendo.
Establecer un vínculo afectivo sano y seguro hace que nuestros hijos sean autosuficientes, tengan mejor autoestima, se sientan seguros, se valoren más a sí mismos, tengan menos miedos, no muestren problemas a la hora de la separación con los padres…
Un niño que tiene un vínculo seguro, no busca constantemente aprobación del adulto, siente autonomía para tomar decisiones y, puede separarse de sus padres sabiendo que éstos van a estar siempre ahí.
Para que luego pueda separarse, debe tener una base sólida de afectividad, amor, comprensión, calma y seguridad con sus padres.

Mirarnos a nosotros mismos

Los hijos son nuestro mayor acto de generosidad o egoísmo en la vida, dependiendo de la perspectiva con la que se mire.

Hay gente que no los tiene o lo piensa durante mucho tiempo porque cree que es ser egoísta, que es pensar en lo que tu deseas y no en la vida que viene y, otros por el contrario, piensan que es crecer como persona, compartir lo que uno tiene, ofrecer incluso lo que no se posee, hacer pequeños «sacrificios», por decirlo de algún modo, a cambio de todo lo que te aporta la nueva vida.

Hay gente que prefiere disfrutar de su pareja el resto de su vida y no tener hijos.
En definitiva, todo modelo de familia debe ser igual de respetable.
Para mi la familia es aquello que se crea con amor dentro de un hogar. Y lo digo así de genérico porque así lo creo.
Para cada uno su familia es a quienes quiere incondicionalmente, ya conviva o no con ellos.
Tendemos a opinar sobre lo que hace el otro pensando que somos un modelo a seguir y, a veces hay que mirarse a uno mismo y verse los defectos, aunque también es muy importante verse las virtudes.
Hay personas que una vez crean su propia familia, no necesitan mantener unos lazos tan cercanos a la de origen, es decir, si conviven con su pareja, hacen su familia de esa unión y de lo que ellos formen, independizándose de sus padres o hermanos, aunque continúen siendo importantes en sus vidas.
Otros poseen un lazo muy fuerte hacia su familia de origen y hacia la propia familia que crean con su pareja, sus hijos o incluso animales de compañía.
En conclusión, cada uno forma su familia según sus propias necesidades.
Como profesional, reflexiono a cerca de todos los errores que a veces se cometen juzgando u opinando sobre lo que es realmente bueno para cada familia. Hay que adentrarse mucho en la mochila de cada uno para poder ver cuáles son las necesidades de cada familia y cómo poder cubrirlas sin suponer un esfuerzo enorme o un problema añadido.
El post de hoy va dirigido a la autoreflexión, donde cada uno puede pensar sobre lo que tendemos a juzgar al otro sin conocer de cerca sus necesidades. A lo fácil que nos es pensar en lo mal que lo hacen el resto creyendo que somos un ejemplo a seguir.
Quizás, si pensáramos más con el corazón, unido a la razón, por supuesto, seríamos capaces de entender más aquello que nos parece imposible o criticable o tan poco común para nosotros.
Desde que soy madre, aparte de profesional de la Atención Temprana, me hago más a la idea de lo complicado que es cambiar nuestros hábitos, de lo sencillo que es decirle al de enfrente que cambie, de lo que dañan las opiniones sin haberlas pedido, de todo lo que sabe todo el mundo de niños y familia, incluso de todo lo que sabe el mundo de tu niño y de tu familia y lo mejor para ellos y para ti mismo.
Yo soy la primera que reflexiono sobre ello y por eso quiero compartirlo con vosotros.
Lo resumo con dos ideas: opinar cuando nos pidan opinión y siempre respetar como nos gustaría que nos respetaran.

Momentos de calidad

En este mundo de ajetreo nos cuesta encontrar un momento para cada cosa y acabamos haciéndolo todo a destiempo y rápido, o a la vez y con poco detalle, sin dedicar el tiempo necesario a cada cuestión. Si hay una cosa que he aprendido, es que en todas las relaciones personales más vale calidad que cantidad. Es decir, es preferible encontrar solamente cinco minutos al día para hablar con la pareja, llamar a un amigo una vez a la semana, tomar un café con tu hermana los lunes…, pero que ese ratito sea únicamente de la persona con la estás, olvidándote del resto del mundo. A todos nos gusta sentirnos escuchados y atendidos por los seres que nos importan. Lo mismo les sucede a los niños. Ellos reclaman nuestra atención constantemente. Somos su referente, su ayuda, su modelo, su manera de alimentarse, entretenerse, aserse, su forma de descubrirlo todo… Ellos necesitan tiempo nuestro, pero sobre todo, tiempo de calidad. Ratos en los que ellos sean nuestros protagonistas, donde no tengan que competir con las tareas de casa, con los hermanos, con nuestra pareja, con la televisión… Momentos donde sus padres estén en cuerpo y alma para ellos y de forma individual. Esos ratos pueden ser pocos pero deben respetarse a diario en su rutina. Algunos momentos de calidad que podemos encontrar son: 1) El rato del baño: podemos ir nombrando las partes de cuerpo según las enjabonamos, preguntándole que tal el cole, jugando un rato en la bañera con él… 2) El masaje tras el baño: podemos masajear con aceite las extremidades, el tronco, la cara, nombrar las partes del cuerpo, cantarle una canción… 3) Leerle un cuento antes de acostarse: el pequeño puede escogerlo y debemos respetar su decisión aunque sea siempre la misma durante varios días, es su rato con el adulto y puede escoger qué libro quiere. Podemos mirarle a los ojos, meterle en la historia del cuento como un personaje más… 4) Jugar a algo que escoja el niño el tiempo que estipuléis: debemos marcar el tiempo antes de comenzar el juego para que luego no haya disputas por tener que finalizarlo. Hay que dejar que escoja libremente el juego que más le guste de los que pueda realizar en el espacio que os encontréis. A veces es buen momento para recordarle lo bien que hace las cosas, lo mayor que es, lo que ha mejorado… Hacer protagonista al niño. 5) Cantar canciones juntos 6) Hacer cosquillas… E infinidad de ejemplos que podéis pensar en hacer con vuestros pequeños y compartirlos con nosotros.

Lo hago por tu bien

Cuántas veces empleamos esta frase para hacer algo que nos parece lo mejor para nosotros y en realidad no es lo mejor para el que decimos estar haciéndolo.

La verdad es que despertar a un bebé cuando duerme de día para que pueda dormir mejor de noche, o despertarle para bañarle, darle de comer o suministrarle una medicina, no es lo mejor para su bien sino para el nuestro. El bebé está eligiendo dormir porque es lo que necesita y ese es su bien y debemos respetarlo ( todo sin ir al extremo, pensando en unos márgenes de tiempo razonables).
El sueño es tanto o más importante que el alimento.
Un niño que duerme y descansa bien es un niño sano, feliz y tranquilo.
Alterar el sueño de un niño no es positivo, ya que rompe su descanso y sus ciclos normales y rutinarios.
Igualmente se puede aplicar esto a muchos otros aspectos como, por ejemplo, la alimentación.
Se suele tratar de hacer comer a los niños por obligación, sin observar sus necesidades o sus gustos, imponiendo cantidades, horarios y alimentos a todos por igual.
¿Realmente se está haciendo por su bien o por el nuestro?
¿Se piensa en su bienestar o en nuestra comodidad y practicidad?
Os invito a esta reflexión que hace pensar dos veces antes de decir la típica frase de «lo siento, lo estoy haciendo por tu bien».