Quemando etapas

A diario en mi trabajo me enfrento a las dudas, a las situaciones y a los miedos de cada familia con la que trabajo. Me doy cuenta de que cada uno tiene su manera de ver a su hijo y de asimilar sus circunstancias.
Mi tarea es proponer unos objetivos a corto y/o a largo plazo e ir trabajándolos conjuntamente con el niño y la familia para alcanzarlos, o al menos intentarlo, en el tiempo que el pequeño vaya marcando.
A veces estos objetivos se consiguen rápidamente y se planifican otros nuevos de tal modo que vamos haciendo una programación del tratamiento individual y específica, sólo para ese niño.
Otras veces los objetivos son complicados de alcanzar para el peque y se proponen otros medios para trabajarlos o para potenciar otros nuevos que resulten más sencillos o de un área diferente.
Es decir, el trabajo de los profesionales de mi campo es continuo y varía según la evolución del tratamiento y de la respuesta directa del niño. Todo se puede modificar sobre la marcha y potenciar de un modo diferente al establecido al inicio.
Esto fomenta que los objetivos puedan alcanzarse más rápidamente, ya que no se insiste con métodos inadecuados para ese niño, sino que se modifican para ser más prácticos y efectivos para cada caso.
Según se van observando pequeños avances o incluso la consecución del objetivo pautado, las familias van marcándose sus propias expectativas, algo totalmente lógico y comprensible.
img_1874
Pero yo pienso ¿es una carrera sin meta?, ¿a dónde pensamos llegar?, ¿cuál es el objetivo final?, ¿alcanzaremos la satisfacción ante un objetivo logrado?
Mi sensación general ante la educación de un niño es que una vez alcanzado un objetivo en lugar de celebrarlo y estar muy satisfechos ante tal acontecimiento, proponemos de inmediato otro sin dar tiempo al festejo y la asimilación del anterior. Parece que a veces nunca es suficiente.
Desde que un bebé nace vamos marcándole objetivos: que se coja al pecho, que se calme al cogerle, que me mire, que coja una cosita, que se de la vuelta, que gatee, que camine, que hable, que … Y así hasta que un día el bebé tiene la misma estatura que nosotros y no nos hemos parado a disfrutar prácticamente de los logros, sino que nos hemos ido poniendo metas y más metas que nos hacen sentirnos como el eterno insatisfecho.
Es muy bueno marcarse metas y ser trabajador y exigente con uno mismo, pero siempre y cuando no perdamos de vista el lado emocional y la sensación real que debe estar viviendo el niño.
img_6477
A veces en mis reuniones con las familias les planteo algo que a mí misma me hace reflexionar mucho: «¿Qué recuerdas tu de tu infancia?» Y ante esta pregunta la respuesta siempre es parecida: «Me acuerdo cuando mis padres me llevaban a tal o cual sitio, cuando íbamos de viaje, jugar con mis amigos, etc.» En definitiva recordamos aquello que nos gustaba con mucho cariño y tratamos de borrar aquello que nos ha hecho daño o no nos gustaba tanto. Por eso mismo, ¿qué queremos que recuerden nuestros hijos? Yo pienso que querremos que recuerden lo orgullosos que estuvimos de ellos al alcanzar algo o simplemente al intentarlo, de lo que jugamos con ellos cada día, de lo que disfrutamos del parque o del paseo de fin de semana, de los ratos de lectura antes de dormir, de la seguridad que les dimos para intentar algo nuevo, del ánimo y la ayuda y, por supuesto, de la exigencia y perseverancia para alcanzar sus sueños agarrados siempre de nuestra mano.
Por todo ello, no quememos etapas, disfrutemos de cada una el tiempo que el niño nos marque. Cada uno es único y diferente y tiene un ritmo individual donde necesita pasar más o menos tiempo por cada una de ellas, pero este tiempo será establecido por ellos y por las necesidades que tengan y no porque deben llevar un ritmo por encima de sí mismos.
La vida es muy larga y cada etapa tiene una esencia única y maravillosa y más dentro de la Infancia.

Vuelta a la rutina

Después de unos días de vacaciones en Madrid, a veces cuesta volver a la rutina, y los peques son quienes más lo notan. Llevan cuatro días con sus papis y ahora hay que volver al colegio. Esto implica que hoy por la noche les pueda costar más dormirse, debido al cambio de rutina y hábitos de los días festivos. Podemos tratar de evitar la siesta de hoy o fomentar más actividad, jugar mucho hasta la hora del baño e ir anticipando a nuestro peque lo que va a ir sucediendo: «mañana hay cole y tenemos que irnos a dormir pronto para estar mañana despejados para jugar con los amigos». Podemos evitar las situaciones de actividad a partir de las 7 u 8 de la tarde, para ir potenciando un ambiente de calma y tranquilidad antes del momento de sueño. Después del baño podemos hacer masaje, sería bueno hacerlo cada día, al menos un rato, pero si no lo hacemos, hoy es un buen día para empezar. Anticipar al niño en el cambio tras unos días diferentes, es muy importante para que no le pille de sorpresa y le cueste más adaptarse. Tampoco es necesario estar todo el día recordándole o diciéndole lo que va a venir, pero si unas tres veces, por ejemplo, según se acerque la noche. Otra ayuda para asimilar la vuelta a la rutina es que participe activamente de ella, ayudando a colocar la ropa para mañana, a escoger de qué quiere el sándwich del recreo, qué va a meter en la mochila o qué les va a contar a sus amigos que ha hecho. Esto les hace meterse más en la situación real que va a acontecer. Espero que os sirva para la vuelta a la rutina y para otras ocasiones donde tengan vacaciones o un puente los peques.

Premio o castigo

Siempre hablando desde mi conocimiento y mi experiencia profesional, el castigo y el premio son tema de debate entre profesionales, familiares y otras personas que rodean a la población infantil desde siempre.

Hay opiniones y fundamentos sobre ambas ideas y yo hoy quiero expresaros mi teoría.

Desde que empecé a ejercer mi profesión no tuve duda de que el castigo no podía entrar en mi línea de trabajo, ya que no era algo que congeniara conmigo. En experiencias anteriores, a lo largo de algunas prácticas en la carrera y en el máster había observado que los niños que estaban castigados eran siempre los mismos, nunca cambiaban. Permanecían castigados de septiembre a junio, con mejores o peores rachas, pero siempre volvían a estarlo. Lo mismo pasaba con mis compañeros de colegio cuando era pequeña.
Esto te hace plantearte, si el castigo lleva existiendo desde siempre y las repercusiones positivas son mínimas, ¿sirve de algo el castigo? ¿les está enseñando algo a estos niños? ¿aprenden de sus errores y no los repiten? ¿comprenden qué han hecho mal? Mi respuesta a todas estas preguntas es No.
Los niños no sacan conclusiones de esto, simplemente saben que se les llama la atención y se les deja solos o separados del grupo como método de castigo.
También depende del castigo del que se trate. Hay niños que reciben una torta o un azote a la hora de hacer algo prohibido por los adultos y ¿por qué dejan de hacerlo? Mucha gente argumenta que dejan de hacerlo porque entienden que no deben, porque los niños no son capaces de razonar ni dialogar y lo único que comprenden es el azote y es a lo que reaccionan (como animales, añado yo). También argumentan que un azote a tiempo evita muchas rabietas ya que el niño no llega a ese estado.
Yo no voy a entrar en el tema de las rabietas o de por qué se genera el castigo, pero en todos los casos, creo que el niño que recibe algún azote deja de hacer lo que le prohíben por miedo a recibir otro azote, no porque haya comprendido que no se hace. Es decir, el niño tiene miedo a la repercusión, no es que comprenda lo que está mal, sino que por miedo no actúa, no es respeto como muchos argumentan, es miedo.
Y aquí entraré en debate con muchos que sí defienden esa teoría del azote a tiempo, pero sólo doy mi opinión desde mi experiencia y soy muy rotunda con este tema.
También añado que he tenido muchos casos de padres que se quejan de que sus hijos de dos, tres o cuatro años les pegan o pegan a otros niños en el colegio y les han llamado la atención. Pero, ¿si un niño aprende que pegando se consigue «dominar» al de enfrente, por qué no lo va a emplear él?. Para un niño sus padres son el referente, si ellos lo hacen, él lo imita e integra en su día a día. Aunque parezca exagerado, los niños lo hacen de este modo. El niño que habitualmente recibe un azote, aunque éste no le haga daño porque sea en el pañal (algo que también argumentan muchos padres), lo empleará para conseguir que su igual le dé un juguete o lo que se proponga en ese momento. ¿Y qué conseguirá nuestro hijo? Que el resto de niños no quieran estar a su lado porque pega, muerde o consigue todo a golpes. El niño no mide la fuerza con que da como hace el padre, simplemente actúa de la forma más primaria y encima es algo sencillo para él, porque pegar no le supone tanto esfuerzo como aprender a comunicarse para pedir algo.
Tras toda esta argumentación, yo lo tengo muy claro, prefiero premiar la conducta. Y cuando hablo de premiar no digo de comprarle algo al niño cuando hace una cosa bien u obedece, hablo de premiar con atención, con la palabra, con tiempo de juego en familia, con un paseo por el parque, con cosas no necesariamente materiales, más bien con amor y buena educación.
Podemos felicitar a nuestro hijo por lo bien que está haciendo algo, podemos anticiparle ante situaciones que sabemos que no le gustan o le ponen nervioso, podemos negociar con él algo que no le guste a cambio de una recompensa…
Os propongo que veáis estos Ejemplos:
1- Si tu hijo o alumno tiene una rabieta puedes coger aire, permanecer junto a él y explicarle que eso no está bien, que sabes que está enfadado pero que debe pedirlo de otro modo. Es muy importante que el adulto ponga nombre a lo que el niño está pasando, que le ayude a verbalizar lo que le sucede, porque lo niños expresan su angustia, rabia y enfado a través de las rabietas, ya que no tienen suficiente capacidad en lenguaje expresivo para comunicarse. No se trata de darle un discurso de razonamiento extenso, sino de explicarle que sabemos que está enfadado pero que no lo está pidiendo adecuadamente, que mamá o papá o el profesor le harán caso cuando se tranquilice. El niño puede tardar un rato en reaccionar a esto, pero seguiremos explicándole que estamos con él pero que no lo está haciendo bien o que eso no lo puede tener porque es para mayores o lo que en ese momento haya sucedido.
2- Si el niño va a realizar algo que sabemos que le cuesta, que suele negarse a hacerlo, que no le gusta, podemos tratar de pintárselo de otra forma diferente a la de siempre y podemos también negociar con él.
Ahora vamos a hacer «esto que no te gusta» pero cuando termines vamos a hacer «esto que sí te gusta».
3- También podemos negociar diciéndole que le ayudamos a hacer lo que no le gusta. Que jugaremos un rato con él si termina lo que le hemos pedido o si se comporta adecuadamente.
4- Ante una mala conducta del niño, debemos expresar nuestro enfado o tristeza al pequeño pero no pegando, sino haciéndole ver las consecuencias de la mala conducta. Si él tira todo por la habitación cuando está enfadado, deberá recogerlo cuando se le pase, nunca lo harán los padres o el profesor solos, él siempre debe ver la consecuencia de sus actos. Si pega, deberá ir a pedir perdón y le explicaremos por qué pide perdón (porque a Pepito le has hecho daño y ¿A tí te gustaría que te pegaran (o te quitaran las cosas o lo que haya sucedido)?).
Los niños son capaces de reaccionar y cambiar antes su conducta al ponerse en el papel del otro y al recibir consecuencias sobre sus actos, algo que el castigo no hace, ya que no implica razonamiento.
Espero que con estos argumentos cada uno pueda reflexionar sobre el tipo de educación que quiere dar a sus hijos o potenciar con sus alumnos.
Del mismo modo cualquier aportación o línea de debate está totalmente aceptada.

¿Por qué elegí Magisterio en Educación Especial? ¿Por qué el mundo dela discapacidad?

Estas preguntas me las han hecho muchísimas veces desde que tomé esta decisión hace ya diez años.
En un principio pensé en estudiar Magisterio en Infantil pero no terminaba de convencerme o completarme, sentía que no era una buena elección para mi.
Después de pensar mucho y meditar los pros y los contras de escoger esta formación, pensé que sería lo que más me llenaría como persona y me haría sentirme útil y valorada profesionalmente.
Para mi hasta ese momento la educación especial no me había tocado desde cerca, no conocía ningún caso directamente ni había colaborado con asociaciones u otras organizaciones.
Pensaba en el futuro y me veía trabajando con niños con discapacidad y me parecía algo apetecible y gratificante.
La carrera no me pareció complicada. Las asignaturas eran sencillas de estudiar y las clases eran reducidas, lo cual facilitaba el aprendizaje y la consulta a los profesores.
Más tarde fui haciendo prácticas en diferentes centros de educación especial e integración y me fui dando cuenta de que dentro de la discapacidad, mi vocación iba más enfocada a los niños de entre 0 y 12 años.
Por eso, al acabar la carrera, decidí seguir formándome y estudiar un Máster en Atención Temprana e Intervención Psicomotriz. Este Máster me especializaría en población con discapacidad o con riesgo de padecerla de entre 0 y 6 años.
Allí también hice prácticas y pude observar que sí que había escogido correctamente aquello que quería para mi futuro.
El camino fue sencillo en cuanto a la formación en la carrera, ya que al gustarme era más fácil de aprender y, también he de decir que había asignaturas con poco contenido, es decir, mucha información era de lógica o sentido común y no específica.
Una vez terminadas la carrera y el máster encontré trabajo a los pocos meses y aquí es donde empezó mi verdadero contacto con el mundo de la discapacidad. Hasta ahora sólo había realizado prácticas y no tenía la impresión de ser verdadera responsable de los niños que trataba, pero aquí la cosa cambiaba.
Es en este momento donde pude darme cuenta de que echaba en falta más formación específica sobre discapacidad y más casos prácticos y no tanta formación teórica.
Comencé en un Centro de atención temprana de la Comunidad de Madrid como estimuladora y psicomotricista de niños de 0 a 6 años. Aquí pude confirmar que mi vocación real era esta. Las sesiones eran individuales. El trabajo con los niños y sus familias fue muy difícil al inicio, ya que todo era nuevo para mi y debía aprender rápido a detectar y tratar las dificultades de cada caso.
Gracias a mis compañeras y a su paciencia, pude aprender muchas cosas en poco tiempo que iría mejorando hasta el momento actual ( y aún quedan por mejorar).
Es en la práctica donde realmente se aprende una profesión y se valora la vocación personal de cada uno.
Gracias a cada niño y a cada caso vas aprendiendo a elaborar material, actividades, transformar juegos y sesiones, adaptar cada ejercicio, a tener imaginación, etc.
Esta profesión necesita de un continuo reinventarse por parte del terapeuta para no caer en la monotonía, el cansancio o la desesperación, ya que en algunas ocasiones hay que potenciar un objetivo durante mucho tiempo seguido hasta que se alcanza o se cambia a otro nuevo.
Por todo esto y por mucho más, elegí Educación Especial, porque sentía que yo tenía que cambiar mi trocito de mundo a mi manera, y que tenía que ayudar con mi trabajo a otros que pudieran aprovechar mi formación y mis ganas.
Desde pequeña estaba cansada de sufrir y ver injusticias ante la diferencia y quería colaborar de alguna manera en cambiar eso y ayudar a quien pudiera con lo que yo hubiera aprendido o tuviera a mi alcance.
Hoy estoy muy orgullosa de tener todo esto a mis espaldas y de poder echar la vista atrás y sentirme satisfecha con mi trabajo y mi dedicación. Estoy orgullosa de poder decir que me encanta esta profesión y que siempre va a formar parte de mi allá donde el destino me lleve.
¡Feliz fin de semana!

EL VÍNCULO AFECTIVO: PEDIR AYUDA

A lo largo de mi experiencia me he dado cuenta de que hay aprendizajes básicos que se trabajan con cada uno de los niños que recorren mis sesiones por muy diferentes que sean los peques.
Es muy importante trabajar el vínculo afectivo nada más conocer a un niño, ya que nuestro trabajo juntos durará un tiempo, más o menos largo y, es fundamental que esté cómodo y se sienta a gusto para sacar lo mejor de sí mismo en cada sesión.
Este vínculo se favorece poco a poco, desde el entendimiento, la comprensión, el respeto tanto físicamente como psíquicamente. Le debemos dar su tiempo y espacio para que se muestre más o menos cercano, que tenga confianza y se desenvuelva en el entorno de trabajo y juego.
Hay niños que necesitan jugar con el adulto constantemente dentro de las sesiones y otros que prefieren cuidar su espacio aunque compartan parte con el terapeuta.
Hay pequeños que necesitan más contacto físico y expresar más sus sentimientos y otros, en cambio, no necesitan dar ni recibir muestras de cariño constantes.
Hay que respetar el espacio de cada uno y no invadirlo, y también es importante pedir las muestras de cariño y no exigirlas (aunque de esto podemos hablar otro día).
Otro concepto básico de la tarea de estimuladora en atención temprana es enseñar a los niños a pedir ayuda cuando la necesiten, sin anticiparnos a sus necesidades, dejándoles probar y que se equivoquen antes de ofrecerles ayuda para algo que igual sí son capaces de hacer por sí mismos, sorprendiéndonos y sorprendiéndose.
Para enseñar a pedir ayuda, debemos predicar con el ejemplo, siendo humildes y demandándola nosotros cuando también la necesitemos. Un niño comprende mejor con un ejemplo cotidiano que con palabras y sermones repetitivos.
En el caso de la atención temprana, son muchos los niños que reciben tratamiento y necesitan ayuda para realizar tareas cotidianas y es esencial enseñarles a pedirla, para que puedan realizar acciones habituales o puedan desenvolverse en el entorno.
Por todo ello, para explicarle a un niño cómo debe pedir ayuda, podemos pedírsela a él cuando «no sepamos hacer algo», cuando necesitemos coger algo que él alcance, para que nos eche una mano con acciones que él sí puede realizar solo.
También podemos verbalizar la palabra «ayuda» cuando creamos que el niño está ante una situación costosa o difícil y no está pidiendo ayuda. En lugar de regañarle porque no pide ayuda o explicarle nada, sólo diremos «ayuda» para que lo oiga y lo emplee si lo cree necesario.
De ahí la importancia del vínculo afectivo seguro del que al comienzo hablaba. Si un pequeño está en un ambiente de confianza, tranquilidad, afectividad y respeto, le será más sencillo demandar lo que necesita sin miedo a fracasar o a equivocarse, sino sintiéndose seguro de sus intentos y consiguiendo cada vez más logros.
– Postdata: Si vosotros también necesitáis ayuda para educar, cuidar o criar a vuestros hijos o para enseñar, estimular a vuestros alumnos o niños de terapia, pedidla y enriqueceos de lo que el resto del mundo os pueda aportar, Yo la primera.