Observación

Mi trabajo en Atención Temprana tiene muchos pasos y suelen darse despacio y con tiempo para que se afiance cada uno de ellos.
El primero de todos es la observación.
Para conocer a un niño hay que observarle y respetar su espacio, el que cada niño demande. Hay niños que necesitan más tiempo y otros que cogen confianza y se acercan antes al adulto.
Hay niños que prefieren empezar a experimentar solos y otros que necesitan de la compañía del adulto desde el primer momento.
Por ello, la observación es necesaria. Gracias a ella conocemos a cada pequeño. Ellos son los que nos muestran sus necesidades, gustos, maneras de actuar, modos de comprender y expresar, …
Hay sesiones que se basan esencialmente en eso. Observamos al niño con los juguetes y el material que le damos o le invitamos a coger. O incluso observamos qué es lo que hace sin ninguna pauta, cómo se desenvuelve con libertad.
Observamos cómo de forma maravillosa hace muchas cosas por sí mismo, sin necesidad de hacerlo con alguien o de ser guiado.
El silencio es imprescindible en muchos momentos de nuestro trabajo. En ocasiones esa calma, ese estado de tranquilidad y neutralidad es el que hace que el niño saque más de sí mismo y se exprese de forma pura, sin ninguna guía o modelo.
Es maravilloso observar cómo un niño se organiza, resuelve conflictos del día a día, da respuesta a los problemas que le surgen, sin ayuda de nadie, con sus herramientas.
Observar como un niño come, juega, intenta asearse, cierra o abre una caja, guarda, pinta, o cualquier otra acción, es sorprendente.
Es imprevisible saber lo que van a hacer y cómo lo van a hacer.
Casi siempre dan más de lo que esperamos y resuelven los conflictos de mejor modo al que pensábamos.
Por todo ello, la observación es imprescindible para conocer a los niños y respetarles, dejarles experimentar, favorecer su imaginación, potenciar la resolución de conflictos de forma autónoma.
Mediante la observación el niño se expresará con libertad, en esencia pura y, podremos observar claramente lo que es capaz de hacer.
Observad a vuestros hijos, a vuestros alumnos, a los niños que conozcáis y veréis lo maravilloso que es el ser humano desde que nace.

Nuevos títulos con amor

Hoy quiero hablaros de unos cuantos títulos que he encontrado atractivos para nuestra biblioteca. Son libros que hablan sobre amor y sentimientos y la explicación sencilla para que un niño los comprenda a su manera.
1- Besos besos. Escrito por Selma Mandine. Editorial Miau.
Este precioso libro trata sobre los diferentes besos que experimenta un niño en su día a día. Desde el beso de la abuela tan característico al húmedo beso de su perro. Tiene unas ilustraciones preciosas y es muy tierno.
2- Adivina cuánto te quiero. Por Sam Macbratney. Editorial Kokinos.
Se trata de dos liebres, una que insinúa ser la mamá o el papá y otra que parece ser el hijo o la hija, que se expresan cuánto se quieren haciendo comparaciones y tratando de expresarlo con palabras y gestos.
Cada página es más dulce que la anterior. Muy recomendable.
Hay una versión a tamaño gigante que encantará a vuestro peque.
3- Te quiero. De Elen Lescoat y Bénédicte. Editorial Miau.
Sus dibujos son muy tiernos. Explica las diferentes maneras de querer a cada persona del entorno. Comenta la diferencia entre querer a un amigo, a un papá o una mamá, a los abuelos… Un libro sencillo donde poder explicarle a tu pequeño las diferentes formas de amar.
4- Mamá maravilla. Elen Lescoat y Orianne Lallemand. Ediciones Jaguar- Miau.
Este libro resalta la figura de la súper mamá. Describe todas las facetas de la mami: la trabajadora, la guapa, la divertida o la enfadada entre otras.
Es un libro con ilustraciones bonitas y que puede servir para explicar al peque los diferentes estados de la mamá, dependiendo del momento y la situación.
Mis preferidos son los dos primeros, aunque todos son bastante económicos e invitan a iniciarse en la lectura de una forma tierna y amorosa.
Los sentimientos y su expresión son temas que siempre resultan complejos en la infancia, y que necesitan de su verbalización para una mejor compresión y por tanto, expresión.

La empatía

La empatía es la capacidad de saber ponerse en el lugar del otro y entender los sentimientos de éste como si fueran los nuestros.
Este aspecto pertenece a la inteligencia emocional del ser humano y se desarrolla desde que somos muy pequeños y durante toda nuestra vida, ya que puede modificarse siempre que lo trabajemos y queramos.
Es esencial fomentarlo desde la infancia, enseñándole al niño cómo somos capaces de ponernos en su lugar y dar prioridad a sus sentimientos cuando él nos lo demanda.
De igual modo según crece, debemos explicarle esto mismo con ejemplos, ya que es un concepto difícil de explicar para un niño.
En mis sesiones de psicomotricidad empleo mucho este ejercicio:
Cuando un niño pega a otro, le empuja, le quita algo o hace algo que no es adecuado le pregunto «¿A ti te gustaría que te empujaran/quitaran el juguete/pegaran…?» Y el niño de para unos segundos, piensa y contesta normalmente «No». De este modo se pone en los zapatos del otro, se mete en la realidad que el otro niño está viviendo y reflexiona sobre lo que está haciendo y modifica su conducta.
Igualmente sucede para cuando tiene una rabieta. Si somos capaces de dar palabra a lo que siente, o creemos que siente y demostramos empatía con sus sentimientos, el pequeño comenzará a sentir que le comprenden y a saber expresarlo mejor.
El ejemplo es la mejor manera de enseñar algo a los niños.
La empatía es muy importante para saber convivir en la sociedad, ser un ser social, que se relaciona con los otros sin pensar sólo en sí mismo y sus sentimientos.
Realizando esas preguntas a los niños y a nosotros mismos seremos capaces de tener mayor empatía a la hora de estar con el resto y comprender al de enfrente.

Mamá mamífera

Son muchas las historias que me suceden cada día que me hacen pensar en la mamífera que llevo dentro, en mi yo interno más primario e irracional (o todo lo contrario). Mi yo mamífero.
Desde antes de ser madre, ya tenía cierto instinto de protección hacia los niños que trataba en sesión o veía con alguna dificultad o necesidad de ser protegidos y arropados.
Pero ahora que tengo a mi princesa me he dado cuenta de que es común y habitual ese sentimiento en mi hacia ella.
A veces se sitúa más calmado dentro de mi, como controlado, pero otras, salta y sale el Yo mamífero, donde defiendo a mi cría con dientes y uñas. Y es un instinto primario, donde no concibo ninguna explicación para dejarla llorar, por ejemplo.
En algunas ocasiones cuando veo a alguien que la coge, la hace cosas que no creo adecuadas o trata de criarla de otro modo distinto al mío, o incluso cuando tratan de ayudarme sin darse cuenta de que realmente me separan de ella, y eso no supone un descanso ni una ayuda para mi, ese Yo mamífero sale sin pensarlo, me pone en alerta aunque sepa que ella está en manos de quien la quiere y la protege, aunque esas personas no sean yo.
Pero eso es lo que hace ese vínculo afectivo tan fuerte, que me une a ella, protegiéndola  y uniéndola muy fuerte a mi, porque ella al desaparecer yo, aunque sea unos segundos, me busca con su mirada por el mismo sitio donde he desaparecido, y sus sentimientos reales no los se, pero la veo desconcertada, perdida, algo engañada y es donde me doy cuenta de que mi instinto animal me hace proteger a mi cría, unirme a ella y, si fuera un animal, un mamífero salvaje, la llevaría en mi espalda, agarrada como los orangutanes o en mi saco como un canguro o tras mis huellas como una osa.
Siempre hasta que ella decidiera dar el salto sola como cualquier animal.
Porque cuando me vuelve a ver tras la separación su sonrisa es enorme, eterna, de alegría y nerviosismo… La misma que la mía.
Pero a veces no es tan sencillo y es inevitable la separación y el «compartir» al bebé en el entorno de éste, con la familia y amigos, con gente más cercana, teniendo en cuenta las manías y costumbres del resto y los consejos que tratan de dar e imponer cuando uno no está o incluso cuando si lo está.
Y ya no es el entorno más cercano lo que asusta, sino la cantidad de gente que trata de cogerla, darla besos, tocarla las manos o su carita, ofrece cosas por juguete que no tienen tal función…
Y es que el Yo mamífero cumple su función de protección hacia la cría, y se une al resto de «Yos» que me forman y poseo, haciendo que sea solamente una parte de mi, necesaria y esencial a la hora de criar y proteger a la princesa.
Hoy comparto este sentimiento con todos, donde esta semana mi instinto animal está más activo que nunca, ya que me he reincorporado al trabajo tras la baja maternal y todos los sentimientos están más a flor de piel.

Hola soy Mickey Mouse

Hoy os quiero hablar del preferido de mi princesa. Ese juguete que la hace calmarse cuando la vestimos después del baño y no quiere por nada del mundo. Ese amiguito al que siempre sonríe aunque tenga el mayor disgusto. Nuestro mejor aliado ante cualquier imprevisto. Es verlo y sobre todo oírlo y desaparecen los enfados, las penas o las lágrimas. Incluso le saca una sonrisa y la hace poner una vocecita que nos tiene alucinados.
Ese es Mickey Mouse!
Fue un regalo de los tíos y desde el primer día se enamoró de él como de ningún otro. Sobre todo le calma, le entretiene, le hace reír, lo busca… Es genial!
Mickey habla al pulsar sus manitas, sus pies y su tripa. También canta diferentes canciones dependiendo dónde se le pulse.
Enseña los colores, las letras y los números, de forma sencilla y básica.
Sus colores rojo, blanco y negro son lo que desde luego más gustan a los bebés. Es el contraste perfecto para los más pequeños.
También tiene el formato en Minnie aunque las canciones y las frases son menos variadas y es de color rosita, algo que no llama tanto la atención de los niños.
Lo podéis encontrar en muchas jugueterías y su precio es de unos 30€. Un regalo perfecto para niños desde 0 meses hasta la edad que se quiera.